“Los hijos muertos” es una colección de relatos oscuros que amplían el registro del autor hacia nuevas formas de explorar el horror, introduce problemáticas relacionadas al género y a los conflictos sociales en Chile.

Entre preparativos para el lanzamiento de su último libro de cuentos “Los hijos muertos” este viernes 03 de julio en la Inquieta Librería, Martín Sepúlveda nos recibe para conversarnos sobre su escritura y la vitalidad del terror. Entre risas y de forma aguda comenta “que nadie en este gobierno diga que no hay cultura”.
Martín Sepúlveda es escritor, guionista, profesor y pintor. Es autor de los libros El Diablo también y Los Perros Perdidos. Fundador y editor de las microeditoriales Fanzinombre y Marmota Ediciones. Reconocido por ser representante del nuevo terror latinoamericano, y por sus libros enciclopédicos de series de televisión y cine.
Sus libros se publicaron primero con la editorial Santiago Bander y luego fueron reeditados con Desastre Natural; editorial con la cual lanza su último libro de cuentos “Los Hijos Muertos”. Este libro, nos cuenta Martín, es 100% Desastre Natural, no reeditado. Y tanto Los Perros Perdidos como Los Hijos Muertos, son ilustrados por Fa Casol. Ilustraciones que vienen a marcar el inicio de cuento, al estilo de una portada para cada capítulo.
Claudia Avendaño: Nos interesó mucho cómo trabajas el tema del horror. No es menor que te llamen como una de las promesas jóvenes del horror acá en Chile. El libro “Los hijos Muertos” es un horror mucho más contemporáneo, diferente a cómo se pensaría el horror más clásico y tradicional que viene dado de elementos/seres externos, que se avecinan, monstruos no-humanos. Acá más bien nos introduces un horror en donde está la cotidianidad presente, están las relaciones humanas, está la violencia intrafamiliar, está la violencia obstétrica. ¿Cómo concibes el horror y cómo lo fuiste trabajando en este libro?
Martín Sepúlveda: Hay algo que he comentado harto en estos años de publicaciones. Fue cuando yo tuve el lanzamiento de El Diablo también. Fue la primera vez que escuché que yo había escrito un libro de terror, no tenía idea que yo había escrito algo de terror. Y en ese lanzamiento el presentador dice, bueno, estamos aquí con el libro de terror. De ahí todos los que estaban presentando decían, y este autor de terror, y el terror y el terror… Y yo no podía entender por qué estaban diciendo que había escrito algo de terror. Me confundió mucho en ese momento. Porque para mí siempre fue un libro sobre violencia. Después hablando, conversando, viendo bien todo el asunto, uno dice, qué cosa es más terrorífica que la violencia y la violencia cotidiana. Ahí empecé a tener un giro, de esas cosas entretenidas que el público y los lectores fueron haciendo que yo cambiara como escritor.
No pude obligarme a hacer terror. Tuve un momento en el que dije, ya, voy a empezar a escribir de terror, voy a meter unos fantasmas y unos vampiros, no sé. De hecho en un momento una editorial muy grande, transnacional, me dijeron: “¿por qué no haces una novela de vampiros? Se supone que tú eres el escritor de terror”. Les dije, porque yo no escribo de eso. Entonces viendo las películas, me adentré mucho en el mundo. Saqué ahora hace poco un libro de las 100 mejores películas de terror. Y yo empecé a ver películas de terror a los 23 años, porque antes me daba miedo.
Muy naturalmente en el proceso de la escritura de este libro empezaron a aparecer más los fantasmas. Empezaron a aparecer un poco más las sombras y aparecer los espectros. Y creo que en esa forma natural vuelvo inevitablemente a las violencias más locales y permanentes que conozco. Por eso hay algo del estallido social acá en algunos cuentos, porque la última gran violencia que vivimos (en Chile) fue en la calle. En este libro hay ojos sacados, gente sangrando, gente aplastada. También la homofobia que está todo el día. La violencia obstétrica. Entonces aparecen estos terrores y estas violencias que siguen siendo hiper cotidianas. Empezaron a convertirse en violencias que se convierten en fantasmas. Violencias que se convierten en monstruos.
Entonces siento que nosotros nos hemos referido a este libro con la editorial como el final de una trilogía de libros de cuentos. Que lo estábamos llamando la trilogía de los desgraciados. Y siento que, aparte de ser el final de esta trilogía, lo siento como un poco el punto cúlmine de haber empezado mi carrera sin saber que era un autor de terror. A estar en este punto que es que ya tengo mi propio tipo de terror, que lo conozco, que lo entiendo y que la gente sabe que se lo va a esperar cuando tome un libro mío, resonando con algo muy local y muy privado. El fantasma ya no se construye como algo fuera de lo humano, sino que convive en lo humano.
Claudia Avendaño: Me llamó mucho la atención tu afinidad con lo animal. De hecho, le agradeces a tu perro en el libro. Juegas con nociones animalescas para hablar de lo humano, por ejemplo en tu cuento “Perras”, que cierra el libro de cuentos. También preguntarte por esas relaciones. ¿Cómo ocupas ese recurso?
Martín Sepúlveda: Es entretenido cómo ese recurso ha ido avanzando entre estos tres libros, porque en “El Diablo” también está presente y el perro funciona mucho como esta figura de la inocencia, que cuando le pasa algo hace que la persona estalle. Después, en “Los perros perdidos” está el animal como una compañía y que está un poco más allá de la simple emoción. Y en este libro “Los hijos muertos” el perro ocupa una figura casi espiritual.
El punto emocional en el que está cada personaje se trata de que cuando una persona llega a la línea de la violencia, la cruza y ya no se puede devolver. Cómo se sigue viviendo después de eso. Este es un libro sobre cuando la violencia fue tan extrema que genera un trauma profundo, en las que nuestras herramientas personales ya no son suficientes. Ahí empiezan a parecer los fantasmas. Que creo que es una cosa muy real, como la idea de la gente cuando perdió a un ser querido que primero lloran y después, en algún momento, empiezan a ir a ver a un espiritista. Siento que acá la figura del animal tiene un poco que ver con eso_ qué ue pasa cuando las herramientas. De lo humano ya no son suficientes para lidiar con un dolor, lo que hay son fantasmas, hay monstruosidad y hay un espíritu animal. Hay como una cosa del instinto, del gruñido, del dolor.
Siento como que el perro. Sobre todo en ese cuento, “Perras”, funciona mucho de esa manera. Qué pasa cuando este grupo de mujeres, acosadas y abusadas, ya no saben hacia dónde ir, porque ya usaron las herramientas institucionales y ya usaron las herramientas de ellas, pero nada de eso sirve, ¿qué queda? Queda el aullido, llamar a la manada, sacar los dientes y salir a morder. Creo que el perro pasa de la figura de inocencia, que se usa mucho en la literatura y en el cine sobre todo, a una que cuando pasa algo entonces uno explota. El animal no en su silencio. No se le otorga inocencia, sino que se le otorga profundidad, sabiduría y una manera distinta de ver la violencia como reacción.
Isabel Vanzi: Respecto al estilo de tu escritura, te queremos preguntar por la decisión del narrador en segunda persona, que no se ocupa tanto.
Martín Sepúlveda: Yo lo ocupo mucho, de hecho. Yo creo que cerca de la mitad de mis cuentos están en segunda persona. Mucha gente me lo comenta. Para muchos escritores es complejo el uso de la segunda persona como recurso. En pequeñas partes le funciona, pero mantener un texto en segunda persona es curioso, porque es como una especie de omnisciencia que no es real. El narrador solo sabe lo que le está pasando al personaje y para mí me sirve mucho, porque todos estos personajes están en un camino hacia la violencia o desde la violencia. Creo que la mejor manera de llevarlos al límite es interpelarlos.
Entonces cuando el narrador le está hablando al personaje, le está diciendo: tú viajaste, tú buscaste, tú encontraste, tú viste. Para mí, como escritor, es una manera de obligar al personaje a enfrentar lo que le está sucediendo. El narrador en tercera persona -que me gusta, lo ocupo- a veces siento que puede ser muy pasivo; yel narrador en primera persona, a veces muy indulgent, y puede dejar que el personaje se victimice. Es un narrador que pone más en aprietos al personaje y a uno como escritor también. Hay un momento (como escritor) en el que tienes que seguir interpelando, tú eres el que toma las decisiones. Llega un momento en el que hay que decir “tengo que hacerle daño a este personaje quiera o no quiera, porque ya está esta interpelación”. Es divertido lo que pasa con la segunda persona. Porque hay simultáneamente, creo yo, una comprensión hacia el personaje, pero también hay una agresividad. Hacia el personaje.
De hecho, ahora estoy escribiendo mi primera novela. Tomé una decisión, que todos mis amigos escritores me han dicho no lo hagáis por la complejidad que es: la estoy escribiendo entera en segunda persona. Y es complicada, pero está llevando a mi personaje a lugares más interesantes creo yo.
Isabel Vanzi: Me pregunto por qué para ti es importante interpelar a tus personajes y con eso interpelarte, porque finalmente lo interesante es que te pones en aprietos también a ti como escritor. ¿Qué está ahí en juego para ti en tu escritura?
Martín Sepúlveda: Yo creo que hay dos puntos importantes con eso. El primero es que yo empecé a escribir sobre violencia en terapia; buscando herramientas terapéuticas. Uno sabe que la terapia no está funcionando tanto cuando uno no es completamente honesto con su psicólogo, porque no le querís decir todas las cosas, por miedo a que te juzgue, o por miedo a abrir cosas que no querías abrir. Siento que esta interpelación tiene que ver con eso: con decirle al personaje, al narrador, esto no se acaba cuando a ti se te acaba la valentía para seguir contando, esto se acaba cuando realmente se acaba. Entonces yo te voy a seguir interpelando hasta que lleguemos a que digas y a que hagas lo que de verdad tienes que decir y hacer. Y en el otro sentido, una de las cosas que me interesa como autor es volver a darle el significado y la profundidad a ciertas emociones, sobretodo al enojo y a la pena. Esto es algo que se me ha vuelto un poco el leitmotiv de mi escritura. Siento que la violencia y la pérdida y la muerte, hace muchos años, se volvieron como datos solamente. Datos estadísticos que se usan para generar discursos políticos. Creo que hace tiempo que ya no se le da a la ira y a la pena el lugar que deberían tener dentro de la vida de una persona. Lo que se habla si matan a un niño, es de seguridad, no se habla del dolor de la mamá de ese niño. Hace mucho tiempo que ya no se hace eso y, si se hace, es solamente como para provocar una empatía rápida que genere algún tipo de movilización.
Entonces creo que hablar en segunda persona, meterse en la cabeza y en el pecho de un personaje que está pasando por una situación dolorosa es una manera también de decir “esto no se está viendo desde afuera”, estamos hablándole directamente a esta persona y diciéndole “¿Qué te pasa con esto? ¿Cuál es tu búsqueda? ¿Qué es lo que estai sintiendo? ¿Hacia dónde te va a llevar ese dolor? ¿Qué vas a hacer con esa rabia? ¿Vas a usar esa rabia o no vas a usar esa rabia?” Creo que esas preguntas y ese tipo de narrativa lleva siempre a que el personaje y el narrador y el escritor tengamos que decir: ya, pongámonos serios respecto a estas emociones. No podemos ser tan neutros respecto a todo. Hay que dejar que esto explote de alguna manera. La segunda persona es lo que a mí me sirve para llegar a ese lugar.
Isabel Vanzi: Siempre tengo esta imagen de la Mariana de Enriquez, si no me equivoco, hablando de “El cementerio de animales” de Stephen King. Dijo: me dio tanto miedo que en un momento tuve que tirar el libro, lanzarlo. Lanzar un libro por el miedo que te genera y bueno, después retomarlo. Hay algo de ver una película de terror o leer un cuento de terror o leer una novela de terror que para mí cumple un poco esa función de: “me estoy recagando de miedo, pero voy”, y me genera una sensación subjetiva de puedo con este mundo.
Martín Sepúlveda: Hay como mucha teoría psicológica respecto a lo de las películas de terror. Pasar dos horas asustado, lo que genera después en tu cerebro cuando estás en un mundo que está controlado, que está bien, que hay luz, como que generas suficientes endorfinas como para quedar contento. Bueno, el mejor piropo que alguien me dio alguna vez fue con el “Diablo también”, fue mi suegra creo, me dijo que había leído dos cuentos y que después lo metió al congelador, y lo dejó en el congelador una noche entera porque no quería estar con el libro en la noche.
Es divertido lo de las películas de terror, a mí me pasa lo mismo, antes de ayer, estaba solo, dije ya voy a ver tele y había una película nueva, El Conjuro y todo el rato me decía ¿por qué estás viendo esto? si sabes que te vas a asustar, sabes que quieres comer y me cuesta comer si estoy viendo algo de terror porque me duele la guata, ¿por qué estai haciendo esto? Y una parte de mí decía porque es tu trabajo, Martín, ahora que escribes sobre terror tienes que saber estas cosas. Y otra parte era, porque queris estar asustados, y después cuando la Fa, mi señora, se venga a acostar, queris decirle, “abrázame, tengo miedo”. Hay un gusto en eso, en tener miedo, el gusto de estar asustado para después no estar asustado, ese concepto de lo importante que es el miedo, porque si no hay miedo, no hay espacio para la valentía. Hay que tener miedo para después dejar de tenerlo.

Ilustración de Fa Casol
