La presión de la siesta – por Patricio Villarejo

A las dos de la tarde el pueblo no dormía: se apagaba.

No era metáfora. Se apagaba como se apaga una radio vieja cuando alguien gira el dial apenas un milímetro y, de golpe, el ruido blanco cae en un pozo. El sol quedaba clavado arriba, inmóvil, y lo que se movía empezaba a moverse raro. Los perros caminaban con las patas rígidas, como si el suelo estuviera hecho de vidrio caliente, y las sombras de las ramas se proyectaban con ángulos imposibles, rompiéndose en el aire.

Mi abuelo tenía un mandato simple: no salgas al porche. Lo decía sin levantar la voz, pero sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño, nunca se despegaban del suelo. “No es por el calor, sino por la presión”, agregaba. Yo no entendía que se refería a una especie de presión barométrica del alma, algo que intentaba aplastarnos contra el piso para que lo que vive abajo pudiera alcanzarnos.

Yo tenía once años y la clase de valentía que no sabe distinguir entre coraje y torpeza. Ese día, con el almuerzo todavía caliente en el estómago, me senté en la silla de paja de la galería, mirando la calle de tierra como si fuera un escenario. La calle estaba vacía, pero no vacía de gente: vacía de intención. No había viento, ni insectos, ni el chisporroteo de la siesta. Ni siquiera los pájaros.

Me di cuenta por un detalle mínimo: los horneros estaban, como siempre, en el limonero de la esquina. Los veía. Pero no cantaban. No se habían ido. Estaban quietos, apretados contra las ramas, como si contuvieran la respiración.

La casa, en cambio, respiraba.

Se escuchaba el crujido de la madera con una nitidez obscena. El piso de la galería, de tablones largos, tenía esa voz vieja de barco. Mi abuelo decía que la madera recuerda el agua, por eso se queja cuando el aire se vuelve pesado.

Fue entonces cuando escuché el roce.

No venía de los arbustos ni del gallinero, sino de abajo, desde la oscuridad que había entre el suelo y la tierra. Era un sonido de dedos pequeños —o uñas romas— recorriendo la parte inferior de los tablones. Se escuchaba un tanteo paciente, como si alguien buscara el borde de una tapa.

Me quedé inmóvil. Sentí cómo el aire cambiaba en la boca: se me volvió metálico, frío en el fondo de la garganta. Me costó respirar.

El roce se detuvo.

Esperé un segundo más, convencido de que había sido una rata. Pero entonces pasó algo peor: no escuché nada. Ni siquiera mi propia respiración. Como si el silencio no fuera ausencia de sonido, sino una cosa material que te llenaba los oídos.

Después, un golpecito. Uno solo. En el tablón justo debajo de mis pies.

Me levanté de golpe, sin pensar, y la silla de paja chirrió. El chirrido sonó demasiado fuerte, como un alarido. Las gallinas del fondo no reaccionaron. Los pájaros no reaccionaron. Todo seguía en pausa, pero yo había cometido el error de moverme.

El segundo golpecito llegó enseguida, más cerca de donde estaba la silla. Otro toque, como de nudillo.

Tragué saliva.

Me agaché, apoyé la palma en el tablón. Estaba tibio, casi caliente por el sol. No vibraba. No se sentía nada. Sin embargo, yo sabía —con esa certeza que tienen los niños cuando se topan con algo que no entra en el mundo— que del otro lado había alguien escuchando mi mano. 

Cometí el error de moverme. El segundo golpe llegó de inmediato, pero esta vez la madera cedió un milímetro hacia arriba, como si algo intentara brotar desde las fibras.

—¡Adentro! —la voz de mi abuelo fue un látigo.

Entré y él pasó el cerrojo. Miró mis pies, con preocupación.

—¿Lo escuchaste?  —pregunté, en un susurro agitado.

Mi abuelo no respondió. Fue hasta el aparador, sacó un frasco de vidrio con sal gruesa. La sal estaba amarillenta, vieja. 

—No mires por la ventana —sentenció.

Yo miré igual, porque nunca hacía caso.

A través del vidrio vi la galería vacía, la silla torcida, el sol pegando en el piso. Y vi, sobre el tablón donde había apoyado la mano, algo que no había antes: una marca húmeda, como si alguien hubiese dejado el rastro de una boca.

No era grande. Era una mancha ovalada, con un borde apenas dentado. Y en el centro, una depresión mínima, como el hueco de una lengua.

Parpadeé. La mancha seguía ahí.

Mi abuelo echó un puñado de sal frente a la puerta, en una línea. Después otra. Después otra, como si estuviera dibujando un límite.

—¿Qué es? —insistí.

—Lo que queda cuando el pueblo se apaga —dijo.

No me gustó la respuesta. Sonaba a frase aprendida, heredada. Como si mi abuelo hubiese repetido lo mismo que alguien le dijo a él, y ahora me lo pasara sin entenderlo del todo.

Quise preguntar más, pero en ese momento el reloj de pared dejó de sonar. Recién me daba cuenta del tic-tic que hacía constantemente, cuando faltó de golpe.

Mi abuelo llevó un dedo a sus labios. Nos quedamos quietos.

Desde afuera, un sonido nuevo: un paso sobre el tablón. Un paso real, pesado, como de alguien adulto. Un pie que probaba la madera. El peso y el chirriar de los tablones.

Luego, otro paso.

Se acercaba a la puerta.

Y entonces, con una delicadeza insoportable, alguien apoyó la mano en el picaporte y lo bajó un milímetro.

El picaporte no cedió por el pasador. El metal chirrió con un lamento seco. 

Y del otro lado, el olfateo. No fue un suspiro, fue una succión voraz, como si la cosa estuviera tratando de inhalar mi olor a través de las rendijas de la madera.

Yo sentí el impulso de correr a mi cuarto, pero no me moví. Me quedé clavado mirando la línea de sal.

Del otro lado de la puerta, alguien olfateó. Se oyó, claro: una inspiración lenta, larga, como si aspirara el aire de la casa, no para respirar, sino para leerlo.

Después, una voz.

No era una voz como las voces. Era un murmullo que imitaba una voz humana.

—Abrí, querido… Abrí —murmuró la voz.

Mi abuelo apretó los dientes. No respondió. Parecía la voz de la abuela, pero ella ya no estaba entre los vivos.

—Pablo… Pablo, abrí. Tengo frío.

Me helé: la imitación era perfecta. Mi nombre, con la forma exacta con que lo decía mi madre cuando me llamaba desde el patio.

Mi abuelo levantó el frasco de sal como si fuera un arma. Me señaló el corredor que llevaba a las habitaciones. Me hizo un gesto: andá.

No quería dejarlo solo, pero obedecí.

Caminé velozmente, pero cuidando de no hacer ruido. En el pasillo el aire era otro: más liviano, pero con un olor raro, parecido al de la lluvia cuando todavía no cae. Me metí en mi cuarto y cerré. No había pasador ahí. Sólo la llave. Giré la llave.

Me quedé parado, pegado a la puerta.

Del comedor ya no se oía nada. Ni mi abuelo, ni la puerta. Nada. La casa estaba muda.

Pasaron segundos, o minutos, o ese tiempo sin reloj que es la siesta. Yo respiraba despacio, tratando de hacerme invisible.

Entonces lo escuché en mi cuarto.

El roce. Venía del piso, debajo de mi cama.

Un tanteo paciente, con uñas romas, recorriendo la parte inferior de las tablas del dormitorio.

Tictac. Tictac.

Y entonces, el peso. Sentí que algo se acomodaba debajo del colchón. La lana de la cama se hundió. Un bulto empezó a marcarse desde abajo, recorriendo el largo de mi espalda a través de la tela, como una columna vertebral que todavía no terminaba de formarse.

—Ya casi —susurró la sonrisa.

La presión se me metió en la cabeza: un zumbido detrás de los ojos, una sensación de que el aire empujaba hacia adentro.

Quise gritar. No me salió sonido.

La cama crujió otra vez, más fuerte. Como si algo se acomodara.

Y entonces, en la oscuridad bajo la cama, vi un brillo. Un brillo húmedo, como el reflejo de una boca sonriente.

Recordé, de golpe, algo que mi abuelo repetía sin contexto: “No le des detalles.”

No mires. No nombres. No describas.

Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrarlo.

No dijo “ya casi qué”. No necesitaba. Esa era la clase de frase que uno completa con su miedo.

Sentí la cama hundirse un poco, un peso que subía. Sentí el borde del colchón rozarme la pierna, como si algo se apoyara.

Y entonces, con una suavidad que me partió el alma, una mano —o algo con dedos— tocó mi tobillo.

Yo abrí los ojos sin querer.

La voz de mi abuelo, lejana, llegó como si viniera desde el fondo de un pozo:

—¡No le mires la cara, Pablo!

Yo no sabía qué era “la cara”. No había cara. Sólo huellas, manchas, olor, presión. Y sin embargo sentí que había algo parado en mi cuarto, justo fuera del campo de lo visible, esperando que yo lo completara con mi imaginación.

Las huellas avanzaron un paso más.

El aire del cuarto se apretó.

Y entonces pasó algo que nunca pude explicar sin sentir vergüenza: sentí ganas de abrir la puerta. No porque quisiera escapar. Una obediencia dulce, tibia, me subía desde el estómago. Abrir y dejarlo pasar.

La mano —invisible— apretó mi tobillo apenas más.

Yo bajé la mirada a mis propios pies. Vi la piel pálida, el vello erizado. Vi los dedos tensos.

Y vi, en el empeine, una marca húmeda que no estaba antes: un óvalo pequeño, como un beso. Con borde apenas dentado.

Mi abuelo golpeó la puerta del cuarto desde afuera, fuerte, desesperado.

—¡No abras! ¡No lo invites!

Yo di un paso hacia la puerta.

En el comedor, el vidrio de una ventana crujió. Una taza se rompió. Algún objeto cayó.

El ruido me sacó del trance, como un tirón.

Me sostuve del respaldo de la silla. Apreté los dedos hasta que me dolieron. 

El toque en el tobillo se aflojó.

La presión cambió.  Afuera, un pájaro cantó. Un canto breve, inseguro, como el mundo volviendo a ser lo que era.

El reloj del comedor volvió a sonar: tic… tic…

La puerta de mi cuarto se abrió: mi abuelo entró sin mirarme, con el frasco de sal en alto. Se acercó a mí, me agarró el pie, miró la marca en el empeine. Sus dedos temblaban.

—Te selló —dijo él, y por primera vez vi que él tenía una marca idéntica en la muñeca, vieja y cicatrizada—. Ahora sos parte de su inventario.

—¿Qué… qué quería? —pregunté, y recién ahí me salió la voz.

Mi abuelo no respondió enseguida. Se sentó en el borde de la cama, viejo de golpe.

—Lo mismo que quiere siempre —dijo al fin, mirando el piso como si escuchara el roce desde abajo.

—¿Qué?

—Que lo completen.

Me quedé sin entender.

Él señaló la marca en mi pie, y habló despacio:

—Hay cosas que están incompletas. Vienen cuando todo se apaga. Buscan una casa, un cuerpo, un nombre. Si les das detalles, se terminan de armar.

Se quedó callado. Después agregó:

— Y cuando se arman… ya no se van.

Yo miré la marca otra vez. El óvalo parecía secarse, pero no se iba. No era una herida. Era una huella.

Años después me fui del pueblo. Me vine a la ciudad. Creí que el asfalto y el ruido me iban a salvar de esa presión antigua.

Pero a veces, en Buenos Aires, cuando el calor aplasta y las persianas bajan al mismo tiempo, el mundo entra en ese silencio raro.

Los pájaros no cantan. Los perros dejan de ladrar.

Entonces recuerdo la frase de mi abuelo y la digo en voz baja, como una oración que no sé a quién dirige:

—No te doy detalles.

Pero a veces, cuando la presión dura demasiado, cuando el aire se vuelve metálico, cuando la ciudad entera parece apagarse…me descubro imaginándole un sombrero.

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